martedì, Ottobre 27

Tres años del referéndum de autodeterminación de Cataluña El pasado uno de octubre se celebró el tercer aniversario del Referéndum que certificó la ruptura emocional entre Cataluña y España

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El uno de octubre de 2017, más de dos millones de catalanes votaron en un referéndum de autodeterminación. Pocas fechas en la historia reciente de Europa habrán tenido tanta repercusión individual, colectiva y política como la de aquel día.

La convocatoria fue el resultado inevitable de una actitud incomprensible del gobierno español: un inmovilismo total y absoluto ante las reiteradas demandas de la sociedad catalana de resolver su encaje, dentro o fuera, de España.

Este encaje parecía haberse alcanzado con el pacto constitucional de 1978; sin embargo, el centralismo uniformador de Madrid lo destrozó a partir del año 2000: hubo una coincidencia de intereses entre un partido de derechas, el PP, de raíz franquista, que llegó a la presidencia de España con mayoría absoluta, y las ambiciones empresariales de la élite industrial y financiera ubicada en la capital. Ambos grupos – políticos y empresarios- compartían una voracidad centralizadora que resultaba insoportable para la mayoría de catalanes. La sentencia del Tribunal Constitucional español contra el Estatuto de Autonomía (2010) hirió de muerte aquel pacto e impulsó las ansias de libertad de cientos de miles de catalanes; sin embargo, la cosa venía de lejos: hay que recordar que el primer memorial de agravios presentado por diputados catalanes ante el rey de España fue leído …en 1885!

Exasperado el gobierno catalán por la indiferencia de la respuesta de Madrid ante sus múltiples propuestas, y presionado por las espectaculares manifestaciones que durante siete años protagonizaron millones de personas cada once de septiembre, el presidente de Cataluña pronunció la frase del no retorno: O referéndum o referéndum.

Es decir, una consulta acordada con el estado sobre el futuro político de Cataluña, tal como se había hecho en Quebec y en Escocia, o una consulta hecha sin el consentimiento de Madrid. Como la voluntad de acuerdo por parte del gobierno de España era nula, el gobierno catalán tuvo que echar mano a la vía unilateral. Como respuesta, la mayoría de la clase política y periodística española tildó aquel gobierno y su presidente, Carles Puigdemont, de golpista.

Fueron dos años trepidantes, los de 2016 y en 2017: decenas de miles de catalanes se pusieron manos a la obra para organizar, en complicidad con su gobierno, un referéndum democrático que era percibido, en España, como un golpe de estado que había que impedir a todo trance.

El Parlamento catalán hacía leyes de desconexión; el gobierno de España las impugnaba. Los políticos independentistas ganaban elecciones; las cloacas del estado inventaban informes policiales para acusarles de todo tipo de delitos. El señor Rajoy enviaba miles de policías a la búsqueda y captura de urnas y papeletas electorales; los ciudadanos de Cataluña se conjuraban para esconderlas, y lo hacían con una audacia e imaginación que desbordaba la escasa intuición del autoproclamado Centro Nacional de Inteligencia español.

El ministro del interior daba orden de precintar los colegios electorales; miles y miles de catalanes entraban dos días antes en las escuelas para organizar todo tipo de actos culturales, deportivos o lúdicos para hacer imposible el precinto. Madrid daba órdenes a Correos de interceptar los boletos para constituir las mesas electorales; cientos de voluntarios se presentaban para garantizar un perfecto proceso electoral y un escrupuloso recuento de votos. El presidente del gobierno de España daba orden de cerrar, por la fuerza, cientos de colegios; el Gobierno catalán ponía en marcha un audaz sistema de censo universal que permitía votar en diferentes centros electorales. El ministerio del interior desplegó ocho mil policías dispuestos a pegar a los votantes; millones de catalanes, de toda edad y condición, los esperaron frente a los colegios, sentados en el suelo con las manos arriba, para impedir que se llevaran las urnas.

El señor Rajoy salía, al atardecer, a anunciar a los españoles que en Cataluña no se había producido ningún referéndum; unas horas después, el presidente Puigdemont anunciaba los resultados del escrutinio. El Rey de España apareció airado en la televisión pública, exigiendo al Gobierno catalán que acatara la Constitución y se rindiera incondicionalmente; el Presidente catalán salió al día siguiente, conciliador pero rotundo, a retraer la insensibilidad de Felipe VI ante los cientos de votantes heridos por la policía, y a proponer una negociación política para resolver el conflicto.

Del resto de la historia, los lectores de ‘L’Indro’ están bien informados. El problema político está igual o peor, la decepción de los catalanes es profunda, los miembros de aquel Gobierno catalán y los líderes de las entidades que los apoyaron, incluida la presidenta del Parlamento, están en la cárcel o en el exilio, y la derecha española bloquea cualquier posibilidad de amnistía. Cientos de activistas y alcaldes tienen abiertas causas judiciales por haber mostrado su apoyo al referéndum.

Cataluña es un pueblo milenario, que no se rendirá nunca. Hace más de trescientos años que lucha por su libertad. Ni cuarenta años de dictadura cruel lograron aniquilarla. Se ha ganado el derecho a decidir su futuro, y que su decisión sea respetada por la comunidad internacional.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa