giovedì, Luglio 2

Post Covid-19: ¿Una economía sostenible? De la acumulación a la innovación, con realismo y utopía Es difícil imaginar un mundo diferente, y más aún materializarlo. En esta entrevista con Florencia Benson, socióloga y politóloga argentina, exploramos la utopía y las condiciones materiales reales para vislumbrarlo

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El resurgimiento de la economía del coronavirus Covid-19 está activando un debate muy intenso a nivel mundial sobre acerca de la transición a un modelo económico totalmente nuevo y sostenible, por lo tanto, diametralmente opuesto al actual. Lo que emerge, especialmente en Italia, es aún superficial, todo centrado en las disposiciones de los diversos gobiernos, en lugar de las de la UE. Pero hay mucho más: se trata de encontrarlo.

Florencia Benson es socióloga de la Universidad de Buenos Aires, profesora de Ciencias Económicas y Políticas de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo (Buenos Aires) y analista política que colabora con muchos diversos periódicos, incluido ‘Le Monde Diplomatique‘, ‘Clarín‘, y ni se ahorrano se priva de para dedicarse a la poesía, publicando también libros de poesía. Se cuenta entre los economistas y politólogos latinoamericanos que respalda la necesidad imperativa de que el sistema económico actual, o más bien, el anterior a Covid-19, sea definitivamente enterrado, como está ahora, paray construir un sistema sostenible.

Florencia, de origen italiano, muy intensamente argentinao e igualmente latinoamericanao, se encuentra entre los quequienes tienen se hacen muy pocas ilusiones sobre política, líderes políticos, poder real y concreto que reside en lassalas de botones‘ y en las cabezas de los protagonistas de la política., y él Ella cree, sin embargo, que la economía que vendrá, si lo hace, “será de abajo hacia arriba“, y no será un proceso estrictamente causado por Covid-19, sino un proceso que, en pocas palabras, ya se pasó inició mucho antes de la crisis de salud. “El COVID19 puede servir como desencadenante, como catalizador, es poco más que una ‘excusa’ en términos narrativos“, explica en esta larga entrevista. Si se forma una nueva economía, será unarevolución liderada por la microeconomía” que luego involucrará a la macro, “los nuevos hábitos de consumo requerirán innovación en la producción, distribución y desperdiciodescarte; y esto, a su vez, guiará nuevas fórmulas de gobierno y gestión, abriendo la oportunidad para una cierta“optimización” de la democracia“.

Elsi‘, en el reflejo de Florencia, es muy fuerte. “Lo difícil es imaginar un mundo diferente y materializarlo, y para ello hay que cavar brevar tanto en la utopía como en las condiciones materiales reales“. La Benson sostiene, sin embargo, esperanza de que, a pesar del hecho de que la empresa sea titánica y de largo aliento, se pueda hacerrealizar, por mucho tiempo que sea. Al principio habrá un momento en el queprobablemente encontraremos un modelo híbrido entre el mundo antiguo y el nuevo“, y se coloca posiciona en América Latina, que “tiene una gran ventaja, que es la desindustrialización. No hay grandes estructuras para convertir. Tiene una gran oportunidad en las industrias semiligeras“. Aademás,”América Latina tiene un enorme capital en su biodiversidad, y si aprende a explotar sin destruir sus recursos naturales, desde una perspectiva no extractiva y abandonando el monocultivo, podría ser la punta de lanza en esta transición hacia un modelo de innovación limpia“.

La recuperación después de Covid-19 parece imponer una desaceleración en la producción, una ‘restricción’ a la lentitud (desde la crisis económica que conduce a la reducción del consumo, hasta la engorrosa de cómo, las fábricas en lugar de los establecimientos comerciales, se verán obligados a entrar en su manera de trabajar). En su opinión, ¿significa esto que la “lentitud” se consolidará en una nueva forma de hacer economía, en una economía lenta? ¿Y cuál será esta economía lenta?

La primera cuestión, que me parece muy importante, es discernir entre un diagnóstico, una prognosis, una prescripción y una expresión de deseo. Los cientistas sociales y filósofos han brindado al público una vera insalata de todos estos componentes; espoleados, quizás —como cualquier trabajador contemporáno— por la necesidad de inmediatez. No significa que ninguno de ellos esté mal en sí mismo, pero se requiere identificarlos y ordenarlos para brindar una respuesta adecuada.

En primer lugar, resaltar que necesitamos de toda la imaginación sociológica, artística y política de la que podamos echar mano para componer el lienzo del Siglo XXI, post-pandemia pero también post-revolución digital, post-recesión, post-política, y tantos otros post. ¿Quién recuerda hoy, por ejemplo, el incendio masivo que ocurrió en Australia a comienzos de este año? El símbolo de los canguros abrazándose entre las llamas, que estábamos seguros que se convertiría en el identikit de 2020, se desvaneció en el aire de la agenda mediática y pública ante la pandemia que asola a la especie humana.

Desde luego, una desearía que a partir de este wake up call se consolidara un nuevo pacto social basado en el interés común, el respeto medioambiental y un renovado sentido de humanismo solidario, aprecio a la vida, la democracia y producción sustentable. Pero no lo veo viable, puesto que se entrometen demasiados intereses, demasiados conflictos, demasiadas otredades para que se haga realidad. Con esto no quiero caer en la postura facilista de ‘nada va a cambiar, todo va a ser peor, la humanidad apesta’ que algunos renombrados arrojan a la conversación pública en una ostentación de pereza intelectual y falta de imaginación escandalosa. Por favor, ¿cómo vamos a quedar inermes frente a este acontecimiento tan brutal como un tsunami, tan global que nos obliga a quedarnos quietos en nuestra baldosa hogareña, tan imperceptible y letal? ¿Acaso estamos locos? No. Esto es sin dudas un parteaguas, un game-changer(aunque de modo alguno un cisne negro: la pandemia fue de hecho prevista por múltiples actores relevantes).

Sin embargo, lo que esta pandemia ha puso de manifiesto es la negligencia, ineptitud e incluso cierto “oportunismo demográfico” por parte de los líderes del mundo occidental. Lo que sucede en Suecia es escalofriante. Estados Unidos produce noticias propias de un país tercermundista —ya lo habíamos visto con Katrina y otros desastres naturales o sociodemográficos— y Brasil, nuestro propio hermano mayor, desvaría en una fiebre postapocalíptica y decadente. Ni J.G. Ballard se animó a tanto.

Volviendo concretamente a su pregunta, me inclino por un diagnóstico moderado: algunas tendencias de consumo minimalista se van a quedar y otras se van a revertir. Lo que es seguro es que del lado de la oferta o producción veremos un esfuerzo considerable por deglutir estas tendencias de slow economy hacia terminales redituables, como el greenwashing y la comodificación de la conciencia ecosocial, es decir, en moda o tendencia. Este año 2021 está in consumir cúrcuma orgánica cultivada en las montañas de…tú sabes. Recaerá en nosotros, y en nadie más —en nuestra múltiple identidad de consumidor, ciudadano, madre, docente, empresario, tuitero, influencer— resistir esa tentación glamorosa y profundizar, en cambio, la demanda por cambios de raíz en la forma en que los bienes y servicios se producen, distribuyen, consumen y desechan. Reuse, upcycle, recycle, repurpose, rot: aquello que no pueda entrar en alguna de estas categorías, deberá recaer en el Refuse hasta que se modifique (rethink) o bien deje de producirse.

En otras palabras, sí creo que, de modificarse este esquema, aunque sea parcialmente, será una revolución conducida desde la microeconomía hacia la macro, antes que el producto de una planificación centralizada y un control férreo de arriba hacia abajo. Es decir: los hábitos de consumo novedosos reclamarán innovación de producción, distribución y desecho; y esto a su vez impulsará nuevas fórmulas de gobierno y gestión, de optimización de la democracia. Podría ser el mejor de los dos mundos: un Estado de Ecobienestar que sea generoso, amplio, maternal con sus ciudadanos, nutritivo; y al mismo tiempo eficiente, ligero, innovador, intuitivo y amigable.

Desde luego, la infraestructura existe y el financiamiento para dar este salto también; la única incógnita reside, como de costumbre, en la voluntad política: en mi experiencia, esta suele ser mas bien conservadora. A nadie se le escapa el hecho de que el hambre mundial podría haberse terminado hace décadas o que el martirio de los refugiados globales es completamente innecesario. ¿A quién miramos? ¿Quién es responsable de estos calamitosos estados del mundo?

Una primera medida interesante sería buscar responsabilidades—no culpables, no chivos expiatorios que nos devuelvan a la homeostasis a través de rituales que anulan el cambio político—. Se percibe, tal vez, una creciente sensación de reckoning, como si fuera un nuevo juicio de Nuremberg pendiendo sobre las cabezas del liderazgo occidental. Por un lado, avanza la agenda tanática de reordenamiento global, sirviéndose del caos y la doctrina del shock para reconfigurar la idea socialmente aceptada acerca de qué es una vida y qué es la muerte, cuál es la jerarquía de valor de ciertas vidas por sobre otras, cuándo es legítimo (o inevitable, que es lo mismo) dar término a una vida biológica y cuándo no —debate que ha sido preconfigurado por la pena de muerte, el aborto legal, la eutanasia; pero también el HIV-SIDA y ahora, por supuesto, el Coronavirus—. Por otro lado, el holocausto silencioso (o silenciado) de miles de migrantes, marginados y condenados de la Tierra, diría Fanon, clama por auténtica justicia. Su grito mudo parece denunciar que ya no alcanzan las coreografías ensayadas en los encuentros del G20: hacen falta soluciones reales a problemas acuciantes, compensación a los damnificados, una reparación histórica de la centralidad occidental hacia sus otros.

Quiero decir con esto que la consolidación de la slow economy dependerá en mayor medida de que se convierta o no en el zeitgeist de la época; una mezcla de demanda desde los consumidores conscientes, los ciudadanos activos, los influencers de la época, la voluntad política de los actores económicos, y esa pizca de impredecibilidad que tiene cualquier marca de época. Su permanencia no está determinada por sus condiciones materiales ni limitada o impulsada por un virus. El COVID19 pueda servir de disparador, catalizador, es poco más que una “excusa” en términos narrativos para activar una idea alternativa de futuro en lugar de abandonarnos a la inercia. El pesimismo es inercia, impotencia, del mismo modo que el idealismo extremo hacia la izquierda lo es: ambas fuerzas potencian el status quo en su nula capacidad de transformación social. Lo difícil, lo desafiante, es imaginar un mundo distinto y materializarlo, y para esto hay que brevar tanto en la utopía como las condiciones materiales realmente existentes.

Después de la recesión en la que ya nos hemos hundido, ¿enfrentaremos un aumento que tendrá la apariencia de una disminución sostenible?

Es altamente probable, desde mi punto de vista, que el capital pegue un coletazo revanchista luego de la pandemia, que nos seduzca y atosigue en dosis variables para atraernos a la antigua vida de consumo y trabajo (auto-consumo) acelerado. El precio del petróleo, por ejemplo, va a aumentar en consonancia con su demanda, durante la salida inmediata de la pandemia. También vamos a ver un rebrote en los malestares y enfermedades tanto mentales como físicas; y, desde luego, su contraparte en la multiplicidad de ofertas por parte del mercado para solucionar o atenuarlas. Es lógico que luego de un periodo de abstinencia nos atraquemos con voracidad. Los consumidores podrán o bien volcarse a los shoppings y volverse locos clickeando en las tiendas de eCommerce en cuanto le ingresen fondos frescos; o bien recluirse, esta vez ‘voluntariamente’, en una vida de ascetismo ermitaño. Quién sabe.

El hogar multipropósito y la ciudad de 15 minutos, con la demanda de movilidad rápida y eficiente, alberga la amenaza de guetificación y gentrificación exponenciada. En América Latina, en especial, donde las sociedades tienden a ser muy desiguales, constituye una amenaza de segregación racial, social y cultural que sólo puede contrarrestarse eficazmente mediante intervenciones precisas del Estado. Así, la educación pública, el sistema público de salud, el acceso a los clubes deportivos comunitarios y centros culturales, se vuelven cada vez más esenciales en su doble función de su especificidad y la preservación de la multiculturalidad, en un trabajo permanente de robustecimiento de la paz social.

En cualquier caso, sea cual fuere la exit strategy que planteen distintos gobiernos —algunos hablan de rebound, reboot o reinvent, para los escenarios conservador, moderado y radical respectivamente— es posible que se observen tendencias contradictorias coexistiendo en tiempo y espacio, un caos momentáneo de minimalismo ecoconsciente y consumismo salvaje, quizás en el mismo sujeto, con un lapso de tres días de distancia. Una vez que se aquieten las aguas y puedan observarse algunas tendencias consolidadas, lo más probable es que nos hallemos con un modelo híbrido entre el viejo y el nuevo mundo. Como mencionábamos anteriormente, de haber una modificación perdurable en la economía, está será de abajo hacia arriba y no a la inversa.

¿Puede explicarnos en términos muy concretos qué es el decrecimiento sostenible y por qué no es en realidad una recesión?

La economía mainstream, gracias a Keynes, considera que la economía debe crecer constantemente para alcanzar y mantener el pleno empleo, lo cual incentiva la demanda, haciendo florecer la oferta. ¿Simple, verdad? Pero el proceso de acumulación se vuelve rapiña y saqueo de los recursos naturales, destrucción de ecosistemas y desplazamiento de miles de comunidades. Hoy en día, además, el empleo no garantiza la salida de la pobreza; la uberización o precarización del empleo es un given. En este sentido, la propuesta de Zuckerberg y otros por la Renta Universal resuelve esa ecuación, puesto que releva a los sistemas económicos de la presión de encontrar empleos (de calidad) para toda su población económicamente activa. El decrecimiento sostenible vendría a ser la sinceración de la capacidad realmente existente del sistema de producir, consumir, emplear y pagar; desinflando la burbuja de sobreproducción y empleos superfluos, desarticulando necesidades ficticias e infraestructuras costosas, dañinas e innecesarias. Efectivamente, toda modificación del sistema económico —así sea hacia el decrecimiento— implica una serie de inversiones y trabajo que claramente motorizaría la economía en lugar de estancarla, ¿verdad? El problema es que la renta universal se puede convertir muy fácilmente en un nuevo dispositivo de control y exclusión social, política y económica, haciendo que la barrera de entrada al mercado, ya sea como consumidor o productor, sea demasiado elevada, y en consecuencia quienes no participan de él puedan concebirse como ciudadanos de segunda categoría. En fin.

El decrecimiento sostenible es un ideal, un horizonte utópico que, parafraseando a Eduardo Galeano, nos sirve para caminar. Es decir, progresar. Ahora bien, desescalar para mejorar es una paradoja profundamente irritante, contraintuitiva, para el sentido común occidental contemporáneo. Vernor Vinge y los tecnólogos de su época, al contemplar el horizonte de la Singularidad, llegaron a la conclusión de que la humanidad nunca va a detenerse en su búsqueda amplificadora; en otras palabras, que la curiosidad es una pulsión más fuerte que la autopreservación. El humano es más curioso que el gato, aun a costa de su aniquilación colectiva. Ante esta premisa, Asimov, entre otros, intentó establecer leyes para regular la inteligencia artificial de modo que no se convierta una amenaza para la supervivencia humana. Todos estos científicos decían, este es un riesgo que nos podemos evitar si frenamos ahora. Si consciente y voluntariamente abandonamos este camino de investigación y desarrollo puntual. Si dedicáramos esta energía y recursos a curar el cáncer o resolver el hambre en el mundo. Pero no lograron ningún consenso, más allá de algún manifiesto biempensante, y fueron testigos de cómo la humanidad insistió en su decisión de seguir adelante, conducida por el ideal iluminista de progreso lineal y progresivo.

¿Qué fuerzas psíquicas colectivas nos impulsan al abismo de la autodestrucción? Excede nuestro ámbito de análisis y esta conversación. Pero en ese momento de la verdad, como sucedió con el Proyecto Manhattan, y la Solución Final antes de ello; la desaparición sistemática de personas por parte del Estado en Argentina y América Latina durante el siglo pasado, y podríamos sumar a Suecia con su laissez faire respecto a la mortalidad de sus ciudadanos mayores durante esta pandemia, por ejemplo, son todas decisiones que preceden a una tanatopolítica específica del siglo XXI. Es decir que nuestras sociedades están acostumbradas a producir más, a acumular: cadáveres, infectados, presos, esclavos, metales preciosos, mujeres, ganado, metros cuadrados, obras de arte.

Y aquí es donde me permito ser prescriptiva: tal vez no deberíamos plantear el desafío en términos de desescalar, porque como dijimos el hábitus de la acumulación es muy profundo en nosotros, sino en reemplazar el modelo de acumulación por un modelo de innovación. En otras palabras, sustentabilidad no es decrecer sino mantener el equilibrio – un esfuerzo activo, constante y costoso.

Uno de los desafíos fundantes de este paradigma consistirá en asignar valor y precio (valor de uso y valor de cambio) a la negatividad, es decir, al Refuse: que negarse a consumir determinados tipos de productos o, mejor aún, negarse a producirlos, asuma una corporalidad positiva en nuestro sistema económico, una suerte de crédito o saldo a favor. Si el Green New Deal o Green Bretton Woods llegara a concretarse, debería pensar, entre otras cosas, en un sistema que monetarice la abstención con el fin de conservar el equilibrio, como se hizo con el Bono de Carbono en su momento.

La slow economy habrá de reemplazar la obsolescencia programada por la búsqueda de nuevos dispositivos de confort que no perturben el medio ambiente, el comercio justo y una serie de parámetros social y ecológicamente estandarizados que obligarán a los productores a innovar de forma permanente. Este proceso motorizará una búsqueda de desarrollo de tecnologías, procesos y conocimientos que dinamizarán la economía, no sólo igual que las antiguas guerras, sino tal vez con creces. Volveremos a estudiar los materiales nobles y a pensar soluciones simples, elegantes, limpias, que harían sentir a Ockham muy orgulloso.

¿Cuáles son los principales obstáculos para la transición a la economía lenta en general y en América Latina en particular?

Como mencionáramos anteriormente, el nodo crítico de la transición a la economía lenta reside en la decisión política de los principales actores, la cual deberá ser incentivada, digamos, impulsada por las micro decisiones políticas de cada consumidor/ciudadano. En otras palabras, deberá ser un no brainer para los CEOS, presidentes y primeros ministros del mundo a la luz de la masiva y contundente modificación de los hábitos de consumo de sus constituents.

América Latina cuenta con una enorme ventaja, que es la desindustrialización. No hay enormes estructuras que reconvertir. Cuenta con una gran oportunidad en las industrias semiligeras, por ejemplo, Argentina fabrica respiradores y equipamiento sanitario. También tenemos una enorme capacidad inventiva desde el CONICET y otros organismos y universidades públicas para fabricar calentadores solares, hornos y otras tecnologías simples, limpias y económicas.

Además, América Latina posee un enorme capital en su biodiversidad, y si aprende a explotar sin destruir sus recursos naturales —desde una perspectiva no extractivista y abandonando el monocultivo— podría ser punta de lanza en esta transición hacia un modelo de innovación limpia, como hace actualmente Costa Rica.

¿Cree que los grandes propietarios latinoamericanos, desde la agricultura hasta la industria, pasando por los servicios, están disponibles para este cambio, para la transición a una economía lenta?

No.

¿Nos parece que Argentina, o más bien el gobierno argentino, está respondiendo bien a la crisis de salud? ¿Es esto realmente así? ¿Y crees que Alberto Fernández está estableciendo esta economía?

Si una respuesta es buena o mala, el tiempo dirá. Creo que el Gobierno argentino está encarando una situación inédita de manera prudente, responsable, criteriosa. El Jefe de Gobierno porteño, líder de la oposición, se sienta junto al Presidente en las coferencias de prensa y ambos ponen a un lado sus diferencias políticas para priorizar la salud de la ciudadanía. Se ha desplegado un operativo de alcance nacional muy eficaz para equipar, y levantar de cero, unidades masivas de atención y respuesta. Se han reconvertido fábricas del sector privado para producir máscaras, barbijos, respiradores, sábanas y material sanitario. La tradición sanitarista pública argentina es ejemplar en el mundo y se está desplegando en toda su capacidad. Nadie no sabe lo que tiene que hacer.

Desde el punto de vista económico, la situación es un poco más improvisada y estrecha. Argentina ya venía en una recesión muy fuerte, endeudamiento prácticamente impagable, inflación. Se evitó un estallido social en diciembre del año pasado gracias a que la conducción del partido peronista finalmente se puso de acuerdo y elaboró una propuesta electoral capaz de conducir ese descontento por las vías institucionales. La ciudadanía argentina, entonces, llegó a esta pandemia agotada, sin esperanzas y sin fuerzas. Su resistencia y resiliencia no conoce límites, hace 67 días que está en aislamiento estricto. Aun así, los emprendedores tienen permiso para producir y realizar entregas a domicilio, y algunos comercios y fábricas retoman sus actividades lentamente, tomando los recaudos necesarios. Pero no es una prioridad nacional sostener la economía, por el momento el Estado brinda las herramientas necesarias para la subsistencia de las familias, ya sea mediante ingresos suplementarios, instrumentos de crédito, alivio de impuestos, congelamiento de tarifas, regulaciones en los intereses de las tarjetas de crédito.

Desconozco si Alberto Fernández está pensando en este momento en una transición hacia la economía verde o slow. No me sorprendería. Por el momento, está ocupado evitando una tragedia épica, bastante con que pueda dormir lo suficiente para tener la cabeza despejada y enfocarse en eso.

¿Cree usted que América Latina está estructural y políticamente lista para la economía lenta, para un crecimiento sostenible? ¿Y cree que puede haber un núcleo duro de países en el subcontinente capaces de impulsar el resto del área hacia esta nueva economía?

América Latina nunca está estructuralmente lista para nada porque está compuesta de economías periféricas o en desarrollo, con la excepción de Brasil, uno de los sistemas más desiguales del mundo, y si contamos a México, que es latino para los estadounidenses, pero se siente tan lejano allá en el hemisferio norte, es un caso bastante similar, con desarrollos desiguales según la región, el rubro y la distribución del ingreso.

Dicho esto, el talento y arrojo de nuestros recursos humanos nos hacen un candidato potencial interesante para hacer aportes significativos en esta transición. No sé si hablaría en término de países, pero sí puedo imaginar varios nodos y redes de actores, sectoriales y regionales, impulsando el cambio.

En especial, me enfocaría en potenciar a los emprendedores y Pymes, aliviarles la carga impositiva, otorgarles incentivos, créditos, acompañamiento y programas de intercambio regional e internacional para adquirir conocimientos, bienes de capital y trabajo. Estos actores tienen un potencial dinamizador e innovador extraordinario, todo lo que carecen los grandes propietarios y empresas que, además, en la mayoría de los casos son multinacionales, es decir que no invierten en la región.

¿Cuán perturbador será Brasil en este camino y cuánta influencia estadounidense?

La ventaja de pensar en términos de nodos y redes de actores antes que en una división de países hace que se minimice el daño potencial de los liderazgos desafortunados. Además, lo bueno de la multipolaridad emergente es que ahora, si a tu principal socio comercial le va mal, no significa de facto que a ti te irá mal. La multipolaridad abre el juego para nuevos equilibrios comerciales y políticos.

¿Qué tan claro queda a América Latina sobre un programa económico basado en un decrecimiento sostenible y cuánto combustible tiene realmente en el tanque hoy?

No queda claro en absoluto, es un paradigma tierno y emergente que se ve sofocado en este momento por una crisis sanitaria global. Como decíamos anteriormente, no hay combustible en el tanque, hace rato lo pasamos a gas [expresión argentina para denominar el pasaje del carro de nafta a GNC]. Estamos corriendo con las útimas reservas. Ojalá que no tengamos que lamentar más muertes, hablar sobre un programa económico en este momento no sólo no es sensitivo, no es realista. No está mal pensar a futuro, especialmente si tenemos la oportunidad de formatear o reinventar nuestro sistema económico, pero por el momento hay que sobrevivir. ¿Qué viene después? El que viva, como dice un buen amigo, lo verá.

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