sabato, Settembre 26

¿Podemos imaginar una economía lenta? La cuarentena puede ser una ocasión para repensar el tipo de vida que llevamos y el modelo económico que lo sustenta. Quizás es hora de pensar en la humanidad como un especie invasora que lo destruye todo. ¿Evolucionamos hacia nuestra propia extinción?

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Ya sabemos que la pandemia tendrá un grave impacto sobre la economía: disminución del producto interior bruto, aumento del paro,déficit público mayor, deuda desbocada, cierre de algunas empresas. En otras palabras, millones de personas sufriendo para pagar las facturas, renunciado a vacaciones y estrechándose el cinturón; abuelas que no podrán pagarse cuidadoras ni geriátricos, padres que no podrán dar a sus hijos la educación que querrían. Los economistas están calculando cuánto durará la recesión y cuantos meses o años pasarán antes de que todo vuelva a ser como antes.

Pero es que nada debería volver a ser como antesSi todo vuelve a ser como antes habrá otra pandemia, o se derretirán el Polo Norte y el Polo Sur y los plásticos llenarán los océanos de mierda, o les incendios forestales quemarán nuestras bosques mediterráneos.
La ciencia y los científicos ya nos han alertado que el sistema económico debe cambiar. No es una cuestión de gustos, de preferencias o de ideologías:
es la única forma de evitar la amenaza de extinción de la especie, o, por lo menos, de evitar un gran sufrimiento a la generación de nuestros hijos y nuestros nietos. La economía no debe volver a ser como antes.

De entrada, debe haber un gran cambio de prioridades. La OTAN pretende que en 2024 los países europeos destinen un 2% de su PIB a gastos militares. Actualmente, el gasto militar supone el 1,22% del PIB en Italia y el 0,92% en España.
¿Para qué queremos más buques de guerra, más acorazados y más misiles?
¿No es evidente que con el coste de un avión de combate se puede comprar mucho equipamiento sanitario?
¿Acaso no publicó la Unión Europea undocumento, en 2016, alertando que las principales amenazas a los ciudadanos podían venir por las pandemias, y recomendando a les países miembros que se prepararan para hacerles frente? ¿No será que los gobiernos compran tanques únicamente para satisfacer la ambición de los accionistas de las empresas que fabrican armamento, a cambio de suculentas comisiones? (Pregunta retórica: todos sabemos la respuesta).

El primer gran cambio debe consistir, pues, en librar de corruptos las instituciones: gobiernos, parlamentos, altos funcionarios, jueces, magistrados y… ¡monarquías!

Pero el cambio debería ser mucho más profundo y afectar todo el sistema económico. El planeta no puede soportar tanta movilidad de mercancías y pasajeros, ni tanta industria contaminante, ni tantos millones de barriles de combustibles fósiles quemados todos los días.

¿En qué consiste cambiar el sistema económico? Permítanme ponerles un ejemplo que hemos discutido recientemente en mi tierra.

En Catalunya celebramos de una manera muy especial el día de nuestro patrón, ‘Sant Jordi’, el 23 de abril. Es tradicional que en este día, los hombres regalen rosas a sus esposas, los padres a las hijas, los compañeros de trabajo a las compañeras. Y también es tradicional regalarse libros. En un ‘Sant Jordi’ normal suelen venderse más de siete millones de rosas y un millón y medio de libros. Las floristerías y las librerías montan paradas en las calles y los ciudadanos pasean entre novedades editoriales y rosas rojas, en todas las ciudades y pueblos del país. Déjenme opinar modestamente que es la fiesta más bonita del mundo.

Naturalmente, el 23 de abril de este año estábamos confinados: nos quedamos sin paseos, sin rosas y sin libros. Para las floristerías, las editoriales y las tiendas de libros fue un golpe muy duro. Muchos ciudadanos decidieron comprar el libro a través de Amazon. Pero otros muchos reaccionaron, recomendando que se hiciera el pedido en las librerías habituales aún cuando el libro no se podría recoger hasta pasada la cuarentena.
¡No íbamos a permitir que Amazón hundiera en la miseria a los protagonistas de la fiesta de nuestro patrón!

Este día, miles de personas se dieron cuenta de que un modelo de negocio como el de Amazon(grandes centros logísticos; comercio mayorista; transporte de mercancías por todo el mundo; empleos precarios y sueldos mediocres)amenazaba el comercio de barrio, la economía de proximidad e incluso la sociabilidad de los ciudadanos.
Fue un descubrimiento importante.
Sin embargo,
la reacción contra este modelo de negocio duró solo un día. No parece que vaya a tener consecuencias, más allá de la anécdota de la Fiesta del Libro. Yo pregunto. ¿Y por qué no?¿ La decisión que sirve para el 23 de abril no sirve para los demás 364 días del año?

Más en general: ¿Nos atrevemos a plantear seriamente una objeción de conciencia a la globalización? ¿Se atreverían los gobiernos a legislar en consecuencia?
¿Osaremos renunciar a los viajes turísticos al fin del mundo, conformándonos con descubrir los preciosos paisajes de nuestras comarcas?
¿Sabremos poner un punto de pausa en nuestras vidas, que incluya producir menos y consumir menos? ¿Comprenderemos que los recursos naturales son escasos y que su explotación deber ser racional?
¿Nos imaginamos una economía lenta?

No parece que vayamos en esta dirección.
La cuarentena impuesta para evitar los contagios del COVID19 era una magnífica ocasión para reflexionar sobre el sentido de la vida que llevamos. Pero lejos de pensarlo con calma, nos hemos estresado más que nunca para mantener la actividad de antes a través de teletrabajo y videoconferencias. Es decir, seguir como antes… en unas condiciones que requerían más esfuerzo. En el caso de las facultades de economía, este esfuerzo habrá servido para seguir inculcando a los estudiantes las ideas de productividad, competitividad y crecimiento económico… es decir, repetir el pensamiento académico del siglo XX, e incluso el XIX.

¿No podemos levantar la cabeza y pensar en la humanidad como una especie invasora que lo destruye todo?

O nos detenemos a pensar en ello, o el homo sapiens será el campeón de la evolución… hacia su propia extinción.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa