venerdì, Maggio 24

La Semana Santa en España: entre el espectáculo, el negocio y una fe cada vez menor Analizamos las grandes procesiones españolas, en busca de la ‘inocencia perdida’ de sus orígenes, en conversación con el teólogo Evaristo Villar de Redes Cristianas, organización de Cristianos de Base españoles

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Tres de la mañana, las calles llenas de gente vestida de raso y terciopelo. que camina en formación portando grandes velones. A la orilla, una muchedumbre de devotos y curiosos pegados a sus móviles esperan el momento esperado. Las señoras esperan pacientemente desde horas antes para tener buena vista. De los balcones engalanados cuelgan miradas fijas en el fondo de la calle.

Por fin aparece, María Santísima de la Esperanza Macarena, con su verde manto esperanza, a hombros en su trono de plata, que brilla iluminado por cientos de velas. Acompañada de música triunfal, como de película de romanos del Hollywood de los sesenta, entra en la calle lentamente entre ligeros balanceos.

Comienzan los gritos: “¡Guapa! ¡Guapa!” Una mujer se arranca con una saeta desde un balcón. Los más devotos se arrancan a llorar de emoción, imposible, al menos, no impresionarse con la estampa. Se sitúan? Pocos desconocerán a estas alturas de qué hablo. Estos días tienen lugar los actos centrales de la siempre estruendosa y catártica Semana Santa española. Poca gente hay a quien esta fiesta deje indiferente: la pasión con que los locales la viven cada año, especialmente en Andalucía, es innegable. Sea de desesperación por culpa de la lluvia o de júbilo por su ausencia, las lagrimas están siempre garantizadas.

La Semana Santa, para quienes no lo sepan, es la celebración religiosa más conocida en el país ibérico. La Macarena de Sevilla es quizá la más conocida, pero todos los pueblos tienen sus Cristos, Vírgenes y Santos que sacar a la calle.

Para encontrar el origen de la celebración hay que remontarse al siglo XV y tiene mucho que ver con el espíritu de la Contrarreforma católica de los siglos XVI y XVII, a cuyo centro se colocó siempre la España de los Habsburgo, paladines de la fe católica y terror de los protestantes.

Esta fiesta, en su momento tenía un valor claro,  como nos cuenta el claretiano Evaristo Villar, teólogo de Redes Cristianas, organización que engloba más de 200 grupos diferentes de ‘cristianos de base’, movimiento muy crítico con la jerarquía eclesiástica. La razón era acercar la religión a los fieles más humildes, muy desconectados de una liturgia católica que era todavía en latín y que la gran mayoría de parroquianos no entendía.

Esto se mantuvo más o menos estable hasta el Concilio Vaticano II, cuando se inicia una profunda reforma de la Iglesia, que, aunque interrumpida a mitad por papas muy conservadores (fundamentalmente Juan Pablo II), trae cambios, como la liturgia en lengua vernácula.

Poco después, en los años sesenta, la democracia, la libertad y la modernidad llegan a la catoliquísima España para cambiarla. El país avanza a la misma velocidad que se reduce el número de feligreses practicantes, hasta el punto que, como nos apunta el señor Villar, España tiene uno de los números más bajos de practicantes hoy día en Europa.

Frente a esta tendencia, una paradoja: los números, en asistentes y dinero, no paran de crecer para las grandes celebraciones de Semana Santa. Algo chirría. Al parecer, en la era de la imagen, una muestra genuina de folclore vende muy bien a las masas de turistas.

Los números de las cofradías, hoteles, restaurantes, etc., suben sin parar. La fiesta corre el peligro de desvirtuarse, de convertirse en un espectáculo vacío de sentido. Frente a este peligro, ¿qué hace mientras la jerarquía eclesiástica?

 

¿Qué justificación tienen las procesiones desde el punto de vista religioso?

Caben varias respuestas. Desde el punto de vista religioso, las procesiones siempre han sido consecuencia o respuesta de una evidencia intensa de la fe. O la manifestación, en sentido contrario, de una ideología frente a otras ideologías. Pero todo dentro de un contexto religioso.

La pregunta que nos podemos hacer es si las procesiones hoy día son justamente esto. Que yo diría que no se puede descartar en ninguno de os dos aspectos, que sean una expresión e fe o que sean la manifestación de una ideología frente a otras. Por lo tanto, nos queda ahí una duda. En gran parte las procesiones responden a una costumbre histórica de la tradición, que en un momento determinado estuvo muy vinculada a la fe que se vivía de una manera determinada o al modo cristiano como se vivía en una época determinada. Al modo de expresar su fe. Por lo visto ya comenzaron en el siglo XV y, según los especialistas tenían como un doble objetivo, por una parte, apoyarse unos a otros, las personas, apoyarse… que sirvieran de apoyo a al fe de unos a otros, por otra parte, hacer penitencia sobre todo pensando en la pasión y en los dolores de  Cristo. De hecho al principio, por lo visto, solo se hacían imágenes, tallas de los Cristos crucificados y de las vírgenes dolorosas.

Ahora bien, quizá la razón más profunda, el origen de estas manifestaciones de tipo religioso, procesiones, en la antigüedad, fue, en esos siglos fue sobre todo la desazón, o la ausencia de los laicos de lo que se hacía en las iglesias, las celebraciones, hecho en un rito latino que no se entendía en gran parte, lo entendían los curas, los celebrantes, pero el pueblo en el siglo XV o por ahí de latín entendía muy poco o nada y, entonces, querían mostrar de alguna otra manera su manifestación religiosa.

De hecho, tuvo esto un revestimiento, un reforzamiento casi ideológico contra la reforma luterana, cuando la reforma luterana toda su fuerza la ponía en la biblia en la fe, pero no en las imágenes. Entonces fue una manera de reaccionar frente a ello, la contrarreforma de los siglos XVI y XVII.

En España esto ha tenido unas expresiones muy claras a lo largo de toda la geografía: tanto la castellana, con grandes artistas que hicieron unas tallas preciosas: Berruguete, por ejemplo y Gregorio Fernández, como la Escuela andaluza, Martínez Montañés, Alonso Cano, etc. Una serie de grandes artistas que han hecho unas tallas muy bellas y muy artísticas,  con unas características que, de alguna manera, reflejaban el carácter de las diferentes regiones españolas, de cada una de ellas. Por ejemplo, en Castilla, veremos estas tallas como, digamos, muy ensangrentadas, dramáticas, la tragedia que aparece en todas ellas y, por otra parte, en Andalucía tienen otra expresión, tienen otra luz, otra forma de ver estas cosas, quizá no una visión tanto de tragedia, de martirio y de sangre, sino más de esperanza, hay diversas formas.

En definitiva, recogen la expresión de un modo de vivir la fe, lo cual no ha estado ausente de una ideología en un momento determinado, como ha sido la contrarreforma contra la reforma luterana en los siglos XVI y XVII.

¿Ha cambiado algo la celebración de la Semana Santa en España en los últimos decenios, con la progresiva disminución del porcentaje de católicos practicantes en el país?

Se puede decir, que, tras la reforma que supuso el Vaticano II, en los 60-70, la reforma de la liturgia sí que ha cambiado. Ha cambiado mucho, se cambió del latín a las lenguas vernáculas, así que la gente ha podido entender la liturgia. Hubo un intento al principio de una reforma seria, muy interesante. Bueno pues ya, eso, previo al Concilio Vaticano II, empezó por toda Centroeuropa. Ya venía desarrollándose poco a poco y el Concilio la consagró con la liturgia en lenguas vernáculas. Eso ha ayudado mucho a que la gente se entere de las celebraciones. Sin embargo, el gran problema es que los papas del posconcilio, sobre todo Juan Pablo II y Benedicto XVI, han paralizado todo eso. ¿Eso que supone? Que se ha roto toda la creatividad, inventiva, la imaginación desbordante de había. Todo eso se ha paralizado en virtud de unos ritos muy conformados y ha provocado que prácticamente la juventud no entre a la iglesia y que también el resto esté abandonando los templos. De hecho, en España, estamos, según las estadísticas, en el país más secularizado de Europa. En resumen, creo que las formas prácticamente no han cambiado, continúan más o menos igual que antes.

¿Entonces, según usted explica, esta necesidad de dar al pueblo una manera de expresar su religiosidad, con la introducción de la liturgia en lenguas vernáculas desaparece, ¿no? las procesiones quedan un poco fuera de lugar.

Sí, yo creo que sí. En gran parte, para la inmensa mayoría de la gente, ha quedado como un espectáculo, una forma curiosa de pasar las vacaciones. Obviamente, sería injusto decirlo, porque hay gente de muy buena fe, que están metidos en eso durante todo el año, pero que esto sea la expresión mayoritaria hoy día es lo que yo pongo en duda.

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