giovedì, Ottobre 29

La Covid-19 deja en evidencia la Teoría Económica. Estudiantes, ¡desconfiad de los viejos axiomas! Toda la teoría económica desarrollada desde el siglo XVIII se orientó hacia el crecimiento económico. Los desastres ambientales y de salud requieren un replanteamiento de la micro y macroeconomía de principio a fin

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Desde hace más de cien años, las facultades de Economía de todo el planeta han reverenciado Adam Smith, el padre del capitalismo. Durante más de un siglo, los alumnos de estas facultades han estudiado los economistas neoclásicos,aquellos que pretendían demostrar matemáticamente que la economía de mercado nos ofrecía el mejor de los mundos posibles.

La idea esencial de Adam Smith y de los clásicos era que, persiguiendo el interés individual, todos colaborábamos a la prosperidad colectiva. Una mano invisible nos llevaba a tomar decisiones que, aunque egoístas, eran socialmente deseables. Hoy se diría que esta mano reparte guantazos a diestro y derecho.

Fascinados por la física de Newton, los economistas neoclásicos quisieron representar la prosperidad con sistemas de ecuaciones. Sólo había que resolverlas para calcular el resultado de equilibrio, es decir, el máximo beneficio de las empresas, el mayor consumo posible para los individuos y la asignación más eficiente de los recursos. Cuando aquellos elegantes teoremas matemáticos se revelaron inútiles para solucionar la crisis derivada del crack del 1929, aparecieron otros economistas, como John Maynard Keynes, para reivindicar el papel del Estado como motor de creación empleo público.
Fue una aportación brillante, que desactivó en parte los movimientos revolucionarios de comunistas y sindicalistas, en aquel entonces deslumbrados por la Rusia de los soviets. Las teorías de Keynes dieron consistencia doctrinaria a la socialdemocracia europea durante los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
A partir de les años setenta del S. XX aparecieron otros economistas, especialmente los de la escuela de Chicago – neoliberales – que quisieron demostrar que el sector público era una rémora para el dinamismo económico.

Unos y otros -clásicos, keynesianos, neoclásicos y neoliberales-, propusieron medidas diversas para lograr un único objetivo irrenunciable: el crecimiento económico. Aumentando la producción se puede consumir más y repartir mejor. Efectivamente, ha habido reparto de millonarios por todos los continentes, pero también reparto de miseria, explotación y paro. La esencia del capitalismo es la competencia, y en toda la competición hay ganadores y perdedores. Desafortunadamente, el dinero se ha convertido en la medida del éxito o el fracaso no sólo de los negocios, sino de la vida. Mal sistema, el capitalismo, para los artistas, los intelectuales, los músicos, los poetas y para todos los que piensan que las mejores cosas de la vida no pueden comprarse con dinero.

Pero es que además, el objetivo del crecimiento a largo plazo es una falacia: si los recursos de la tierra son finitos, no podemos aumentar la producción y el consumo indefinidamente. La pretensión del crecimiento sin fin ha llevado a la sobreexplotación de la tierra, a la destrucción de hábitats naturales, a la extinción de miles de especies, al calentamiento global y a una ganadería cruelmente intensiva. Los científicos nos alertan de que todos estos fenómenos pueden ser causas remotas de la proliferación de patógenos entre los humanos, y por tanto, probable causa de la Covid 19, ….. la Covid 20 … y ya veremos cuantas pandemias más.

Todavía hoy, los estudiantes de economía siguen escuchando alabanzas a la competencia perfecta; en las aulas, aprenden a maximizar funciones de consumo individual y de beneficio empresarial; se entrenan en la inversión bursátil para conseguir las máximas plusvalías. El sueño de los más ambiciosos es llegar a aparecer algún día en la revista ‘Forbes’, en la lista de los personajes más ricos del mundo.

Hago votos por un cambio de orientación de las facultades de Economía. Propongo canjear el concepto de competencia por el de cooperación; el de máximo beneficio por el bien común; el de crecimiento económico por el de la recuperación de hábitats naturales; el de Producto Interior Bruto por el Índice de Desarrollo Humano. Creo quedeberíamos estar menos atentos a las cuentas de resultados de las sociedades mercantiles y ser más sensibles a la termodinámica planetaria.Menos teorías de la competencia oligopolística y más Teoría Gaya. Y si hay que hacer sistemas de ecuaciones, una de ellas debería tener el bienestar animal como variable dentro de la función de producción ganadera.

Desgraciadamente, las instituciones universitarias forman parte del sistema, y las facultades de Economía suelen ser deudoras de las élites empresariales, económicas y políticas. Para estas élites, los conceptos de ética, de filosofía e incluso de termodinámica no parecen tener mucha respetabilidad académica. Lo comprendo. Pero a la vista de los resultados, se lo tendrían que hacer mirar.

Estudiantes, no os conforméis con lo que os explican. Haced preguntas que descoloquen a vuestros profesores. Tratad de ser educadamente impertinentes. Ir al fondo de las cuestiones. Hurgad entre las contradicciones de tanta teoría. Tenéis derecho a protestar, que nuestra generación os está dejando un mundo que apesta. 

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa