venerdì, Settembre 18

Covid-19: discrepancias entre los profesionales de la salud. Necesitamos debate United Health Professionals no es un negador, de hecho, pero critica duramente las medidas de confinamiento

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La semana pasada, cientos de médicos y profesionales de la salud de todo el mundo, reunidos en el colectivo United Health Professionnal emitieron un extenso comunicado. Pedían que se detenga inmediatamente «el clima de terror, el despropósito, la manipulación y las mentiras ligadas a la estafa sanitaria más grande del S XXI». Consideran exageradas e injustificadas las medidas adoptadas para luchar contra el coronavirus Covid-19 -en particular, los confinamientos y el uso generalizado de mascarillas. Afirman que este virus es menos contagioso, y la enfermedad menos letal, que muchas otras epidemias que ha sufrido la humanidad. No niegan su existencia: sólo recomiendan seguir las medidas higiénicas básicas -lavado de manos, taparse la boca al estornudar y toser, y evitar la excesiva proximidad en las aglomeraciones humanas.

No tengo criterio científico para ponderar los riesgos para la salud de unas y otras medidas. Ahora bien, la Covid19 no es, ni de lejos, la primera causa de muerte en el mundo. Son más letales el cáncer, los suicidios o los accidentes de tráfico, entre otras desgracias. Sin embargo, a ningún gobierno se le ocurriría prohibir la circulación vial para evitar accidentes en la carretera. Pero la mayoría de gobiernos del mundo se han tomado la lucha contra el contagio como una cuestión de Estado y han adoptado medidas draconianas. El coste de estas medidas es enorme, y lo pagaremos durante décadas. Se resienten, por ahora, la educación, el empleo, el turismo, la cultura, el acceso a la vivienda y los ingresos vitales de millones de trabajadores, de autónomos y de empresas. Quizá valdría la pena preguntarse si no sería mejor contraer la enfermedad que pasar por la angustia de un desahucio; si preservar del contagio un abuelo tiene sentido, al precio de que el abuelo se muera de pena y de soledad; si bajar la curva de infectados compensa el aumento del número de suicidios por depresiones relacionadas a la pérdida de puestos de trabajo.

Si la vacuna tarda en llegar y las medidas de confinamiento se alargan, el coste sobre la economía será insoportable. En el futuro, el peso de la deuda privada y pública destruirá el estado del bienestar. Veremos recortar drásticamente las pensiones, los subsidios y los servicios públicos. Más de un Estado quebrará. Y me temo que las urgencias económicas acabarán impidiendo hacer las reformas imprescindibles (reducir los residuos no reciclables y hacer la transición a las energías renovables) para luchar contra el cambio climático.
Empeñado como está para reanimar la economía, Donald Trump parece decidido a flexibilizar las medidas ambientales en los EEUU y el
Gobierno chino está impulsando la construcción de nuevas centrales térmicas de carbón. El primer confinamiento dio una tregua al desastre ambiental que la humanidad está provocando;las medidas para reavivar la economía pueden empeorarlo.

La premura por allanar la curva de contagios pretende evitar, nos dicen, el colapso temporal del sistema sanitario. Es natural. Pero me pregunto si no sería más eficaz concentrar los esfuerzos en construir hospitales especializados y formar más profesionales en el ámbito de la salud, en lugar de obsesionarnos en esquivar la enfermedad; sobre todo, si como afirma algún virólogo, tarde o temprano, todos nos acabaremos infectando.

Echo de menos un debate sereno, documentado y con base científica al respecto. Es demasiado simplista decir que se trata de decidir entre la salud o la economía. Probablemente, el confinamiento no impedirá que nos infectamos, y en cambio, el deterioro económico también puede tener un fuerte impacto en la salud.
Lo que está claro es que hay que optar por una de las vías -confinamiento severo, confinamiento parcial o sálvese quien pueda- y que se puede ser más o menos restrictivo con el uso de la mascarilla; pero lo que se decida lo tenemos que cumplir todos, de lo contrario no sirve para nada.

¿Cómo se debe decidir? ¿Cuántos médicos están por el confinamiento severo, y cuantos opinan lo contrario? ¿Es posible dar voz a todos los colectivos -no sólo los sanitarios- para que expliquen, con datos en la mano, las ventajas e inconvenientes de cada opción? Y cuando tengamos toda la información ¿cómo se debe tomar la decisión? Si es una cuestión de prioridades, ¿no se debería hacer un referéndum?

Alguien dirá que los referéndums no pueden servir para resolver cuestiones complejas que requieren estudios especializados. En realidad, esa objeción sería aplicable a todas las votaciones –también elecciones parlamentarias y presidenciales. En general, votamos más con el estómago que con la cabeza -y así nos va. Por suerte o por desgracia,no se puede privar del derecho de voto a los pobres de espíritu. Al final, unos votarían condicionados por el miedo a enfermar, y los otros por el miedo a perder el trabajo o los ingresos.

Hay un elemento positivo en resolver los dilemas en las urnas: como que no sería un referéndum de autodeterminación, los catalanes podrían participar sin que el Gobierno español les enviara ocho mil policías a zurrar los votantes. Qué bonito sería.

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Sull'autore

Docente della Universitat de Vic, Departament d'Economia i Empresa