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ONU en el siglo XXI: tan necesario, tan frágil

Muchos asuntos que tratar, muchos de los cuales en el interior de la misma organización

onu
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La elección próximamente de un nuevo secretario general de la Organización de Naciones Unidas ha re-centrado a la principal organización intergubernamental del mundo entre los temas más relevantes de cuanto sucede en materia de relaciones internacionales, entidades que congregan a Estados y nuevos actores.

Sin duda se trata de una cuestión por demás importante pues ello implica la elección del titular de la entidad intergubernamental no solo más multilateral del globo, sino la organización más directamente asociada con el propósito más loable del conjunto de naciones o (desde los enfoques esperanzadores) de la sociedad internacional: la mantención de la paz y la seguridad internacionales, según reza la misma Carta de la ONU.

A menos que se trate de un país que practique el total-aislacionismo como técnica de supervivencia y autoayuda en el mundo, ningún Estado puede ser crítico o ajeno al carácter imprescindible de la ONU, puesto que la entidad mayor supone un ordenamiento administrado, para utilizar los precisos términos de Oran Young, sin el cual prácticamente no sería posible en el planeta la vida internacional.

Suele ser habitual que los internacionalistas utiliccen, como idea gráfica efectiva, el término ciudad sin semáforos cuando intentan advertir lo que sería un mundo sin esa dimensión política, jurídica y de seguridad que hace posible que en lugar de un desconcierto exista un orden internacional. Un orden internacional implica la existencia de mecanismos que regularizan las relaciones entre los Estados y también proporcionan soluciones u orientaciones a cuestiones relacionadas con los pueblos, esto es, los otros grandes actores de la política mundial junto a los Estados. Y ello, en alguna medida, lo posibilita aquello  que se denomina el sistema de la ONU, es decir, la galaxia de regímenes u organismos especializados de carácter autónomo, programas y fondos que permiten que los múltiples issues, desde la salud hasta el trabajo pasando  las finanzas, el desarrollo, las armas, etc., puedan encontrar cierta disposición en base a esfuerzos, pautas y acuerdos alcanzados entre los Estados.

Ahora bien, en paralelo a este trabajo o funcionamiento relativo de la ONU, la organización afronta cuestiones que se consideran regularidades en la política internacional, que refrenan (cuando no paralizan) sus posibilidades relativas con la observación y la mantención del orden internacional y el orden mundial, es decir, siguiendo la categorización realizada por el gran internacionalista Hedley Bull, cuestiones entre Estados y cuestiones concernientes a los pueblos, respectivamente.

En relación a las cuestiones entre Estados, particularmente entre actores poderosos o preeminentes, la sentencia realista de Churchill respecto con que ningún país fuerte permitirá que una organización internacional adopte decisiones por ellos es desfavorablemente contundente para los fines superiores de la organización. Basta con seguir el curso de los acontecimientos que tienen lugar en las tres principales placas geopolíticas del mundo, esto es, Asia-Pacífico, Medio Oriente y Europa centro-oriental, para comprobar que en esos tres cinturones de tensión y fragmentación entre actores mayores y actores medios del orden interestatal, las capacidades y las misiones oficiosas de la organización intergubernamental para lograr que las partes en pugna o bajo rivalidad se orienten hacia acuerdos que impidan eventuales escaladas militares no solo son frágiles, sino que en cuestiones entre Estados poderosos que hacen lo que pueden, como los categorizaba Tucídides para diferenciaros de aquellos que sufren lo que deben, las posibilidades de injerencia de la organización prácticamente se reducen a cero.

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