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La OTAN se acerca a las líneas geopolíticas rojas de Rusia

La placa geopolítica de Europa central se está convirtiendo en una de las más inestables

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Sin duda, la crisis que atraviesa Ucrania desde hace más de dos años es una crisis de carácter local, regional e incluso global. En efecto, si bien el núcleo de la misma ocurre en el país centroeuropeo, también se derrama sobre las adyacencias, y, como consecuencia de encontrarse involucrados en ella dos actores mayores del orden interestatal, Estados Unidos y Rusia, también tiene dimensión global.

Ahora bien, con el propósito de apartarnos un poco de los enfoques convencionales sobre la crisis, es decir, los que tienden a centrar la responsabilidad de la misma en los instintos expansivos zaro-soviéticos de Rusia o en la naturaleza iliberal del régimen político ruso, podemos encarar la crisis considerando que en ella convergen dos situaciones: por un lado, tenemos una situación anómala en las relaciones internacionales, la continuidad de una organización política-militar, la OTAN; por otro, lo que podemos denominar una regularidad en la política nacional-territorial de Rusia, esto es, el peligro que siente el país frente a amenazas que, una vez más, se acercan a sus líneas geopolíticas rojas, es decir, a su necesidad de amparar sus intereses nacionales vitales.

Respecto de la anormalidad que implica la existencia de la OTAN, consideremos que no existen precedentes en la disciplina sobre formaciones o alianzas interestatales con fines político-militares que se mantuvieran con vida una vez que dejara de existir la situación o amenaza internacional para la que fueron creadas.

Por supuesto que existen algunos casos en la historia, por ejemplo, la misma Santa Alianza a partir de 1815 o, más cercanamente, la Liga de los Tres Emperadores de 1873 o el sistema francés de alianzas entre 1935 y 1939. Pero son casos algo vagos y no alcanzan para considerar analogías.

La explicación de la continuidad de la OTAN más allá del final de la situación internacional para la que fue creada, el reto soviético, debe ser considerada desde lo que sí nos puede ofrecer experiencia: derecho de victoria tras una contienda y despliegue de políticas de poder destinadas a evitar el resurgimiento de un actor (o actores) eventualmente desafiante.

Respecto del derecho de victoria, el triunfo en la Guerra Fría correspondió a Occidente, sin duda alguna. La aclaración es pertinente porque, como bien ha destacado la experta francesa Hélène Carrère d’Encausse, Gorbachov y (sobre todo) Yeltsin y su ministro de Exteriores Andrei Kozyrev habían creído que la contienda bipolar la ganaron Occidente y Rusia porque ambos derrotaron al comunismo soviético (de allí la referencia a La Rusia victoriosa).

Pero tan o más importante, sobre todo si queremos indagar sobre la precuela de la crisis en Ucrania, es decir, los orígenes de la crisis, es el despliegue de políticas de poder por parte de Occidente desde el mismo final del conflicto bipolar con el fin no de mantener a Rusia fuera de Europa, sino para fijarla a una condición de lateralidad e inferioridad en el sistema estratégico global y de vulnerabilidad en el sistema regional e incluso local o nacional.

Una de las principales políticas de poder directamente vinculadas con este fin ha sido (y es) la ampliación de la OTAN; y, en gran medida, la crisis en Ucrania es la última expresión de dicha política de poder.

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